PREGÓN XXIV ENCUENTRO DE JUGLARES DE SAHAGÚN



Atiendan, atiendan, porque este pregonero se dispone a glosar la expulsión de los juglares de Sahagún, la cual no es una anécdota más dispersa entre las 
muchas que nos brindan los cronicones medievales sino un hecho de trascendental importancia para la cultura occidental.

Aquel destierro de 1116 no fue un decreto caprichoso de una reina airada ni una disputa gremial entre sacristanes y poetas. Fue, es y será la materialización de una lucha que atraviesa toda la historia de la cultura y que se libra en el seno mismo del espíritu humano desde los albores de la humanidad: el destierro de la palabra oral por la letra impresa, la guerra entre el Logos vivo, que se dice y se desdice, que se modula y se transforma, que muere en el aliento que lo pronuncia y resucita en el oído que lo escucha; y el Grafema impreso, la letra fija, la inscripción petrificada, la ley que no admite réplica, el dogma que no admite duda, el texto escrito que no admite improvisación.

Pongamos la historia del lenguaje humano en un reloj de 24 horas. La literatura oral ocuparía aproximadamente 23 horas y 50 minutos. Todo ese inmenso tiempo fue pura tradición oral: transmitida de boca en boca, de generación en generación, sin más soporte que la memoria y la voz. Así, cuando hablamos del Antiguo Testamento, de la épica homérica, de Las mil y una noches, no estamos ante excepciones, sino ante la regla: la forma natural y milenaria de hacer literatura.

La escritura, en cambio, solo ocupa los últimos 10 minutos de esas 24 horas. Y aún así, los grandes maestros de la humanidad se resistieron a escribir: Jesús, Buda, Sócrates, Pitágoras… Más aún; dentro de esos 10 minutos, la lectura silenciosa—esa que hacemos para nosotros mismos—sería casi un accidente. San Agustín se maravilla al ver a san Ambrosio leer en silencio porque, hasta entonces, leer significaba leer en voz alta. La oralidad no es un estadio primitivo superado, sino el hábitat natural de la palabra durante casi toda la existencia humana. La escritura y el silencio lector son, en esa larga duración, apenas un destello. Si la oralidad gobernó durante casi toda la historia humana, tenía necesariamente que encarnarse en un oficio.

Toda civilización tuvo hombres y mujeres cuya misión fue custodiar la memoria con la voz. En Grecia fueron los aedos; en el norte de Europa, los escaldos; en el mundo árabe, los rawis. Entre nosotros recibieron un nombre inmortal: juglares. De todos los lugares donde aquella tradición dejó su huella, ninguno posee un valor simbólico tan extraordinario como el de la villa benedictina de Sant Facunt, Sanctus Facundus, Facundo, mártir de la facundia —elocuencia, labia, facilidad y desenvoltura en el hablar, don divino y humano a un tiempo—. Y su compañero Primitivo, nombre no menos señero, porque lo primitivo es lo originario, lo que estaba en el principio, lo que la cultura oficial intenta enterrar y olvidar.


La leyenda, que el Breviario de Sahagún sitúa bajo el reinado del emperador Marco Aurelio, nos pinta el suplicio de estos soldados cristianos: el cónsul Ático, viendo la firmeza de los jóvenes Facundo y Primitivo, recurrió a todos los artificios del dolor, y sin embargo nuestros patronos permanecían sanos y salvos entre ángeles que traían palmas y coronas.

Pero el poder no se rinde, y finalmente, cercenadas sus santas testas, manó de sus heridas una fuente de sangre y agua, y palabras, añado yo, de la fecunda facundia que fecundaría Sahagún con su simiente de juglares. Aniquilados finalmente, sus restos, arrojados al Cea, fueron devueltos por la corriente a la orilla candeal donde luego se alzaría el Real Monasterio y la villa toda. Sangre, agua y elocuencia: Sahagún quedaba sellada como tierra de la palabra inmortal, esperando el advenimiento de un mesías. ¿Y quién es ese elegido?: el juglar. Por qué, ¿qué es un juglar sino un mártir de la palabra? ¿Cuál es su destino sino el mismo tormento de Facundo y Primitivo, repetido en la historia secular y en la historia espiritual?

El juglar es decapitado cada vez que se le niega la palabra; es arrojado al Cea de la marginación cada vez que la cultura oficial le cierra las puertas; y sin embargo, como los mártires, sus restos vuelven siempre a la orilla, porque la palabra no puede ser ahogada. Mientras la lengua escrita tropezaba y tardaba en desprenderse de la lengua del imperio, la voz y el canto románicos, como era lo natural, ya corrían como liebres lozanas por los reinos peninsulares. Los Cartularios de Valpuesta, la Nodicia de Kesos, las Glosas Emilianenses y Silenses o las jarchas mozárabes son los testimonios escritos de esa transfiguración. Pero en el mundo de la oralitura —esa literatura de transmisión oral que no apresan los pergaminos— la nave iba siglos por delante viento en popa. Y la pilotaban juglares.

Y aquí debemos detenernos en un nombre. En 1047, el Cartulario de San Martín de Albelda menciona a Cardillo (Cardelle ioculero), el primer juglar conocido de los reinos medievales peninsulares. Y la primera noticia que conservamos de él no habla de sus cantares, sino de su asesinato. Los vecinos de Albelda utilizaron su muerte para demostrar que estaban exentos de pagar el homicidio, la multa exigida cuando se producían crímenes dentro de su territorio. El asesinato quedó impune y el primer juglar ibérico ingresó en la Historia con los pies por delante. Sesenta y nueve años después de Cardillo, ya estamos en Sahagún, en 1116. La reina Urraca I de León, hija de Alfonso VI y de Constanza, pronuncia su famoso pregón de expulsión del gremio de juglares. Y aquí, juglares, permitidme que insista en la lectura metafísica.

El pregón de Urraca no es un hecho puntual, no es un berrinche de monarca o un cabreo de abad. Es la consumación en la historia de una verdad eterna: la cultura oficial, el poder establecido, la Iglesia y el Estado, fundados en la ortodoxia y en la palabra escrita, necesitan expulsar al juglar para existir. Porque el juglar es la memoria viva del pueblo, y la memoria viva del pueblo es el único arma que no se puede comprar con oro ni someter con espadas. El juglar sabe que el rey puede ser cobarde o impotente, que el obispo puede ser sanguinario, que el caballero puede ser un patán, y lo sabe porque su oficio es recordar lo que los vencedores quieren olvidar. «Pártanse, pues, ahora todos estos juglares y truhanes, curtidores y zapateros, que a mí me tomaron el reino y a vosotros negaron la debida reverencia…», dijo Urraca y se puso por escrito. Y aquel día, el sucio albañal fue vaciado de poetas vernáculos, la hedionda zanja limpiada de los primeros poetas democráticos.


Pero dejad que os cuente el prodigio que se obró el día de la diáspora: cuentan que San Facundo se hizo pasar por uno de los desterrados y, al cruzar las puertas, exclamó: «Ninguna cosa de cuantas poseía llevo conmigo; empero me quedan la voz y el canto, el verso y la palabra.» La reina y el abad, los nobles, chupatintas y paniaguados estaban demasiado ocupados con el negocio del destierro —porque los bienes de los juglares pasaban a sus manos— para prestar atención a las palabras de su santo patrón. Los juglares se fueron de Sahagún, sí, pero llevaron consigo la memoria del pueblo. Y el gremio, lejos de extinguirse, siguió pringando los caminos con palabras. Esta es la gran paradoja de la expulsión perpetua: el que es expulsado se convierte en semilla, y la semilla, al ser aventada, fecunda territorios que el poder jamás podrá controlar.

Y así, esos incómodos saltimbanquis y asaltalunas salieron a parir a los caminos y alumbraron, apenas veinticinco años después, la joya de la oralidad ibérica: el Cantar de Mio Cid. Su forma musical se ha perdido —la música y la palabra están hechas de viento—, pero Per Abbat lo fijó por escrito en 1207. Gracias a ello, escritura y oralidad se reconciliaron en un mismo manuscrito: la palabra se hizo letra y habitó en los scriptoria. Don Ramón Menéndez Pidal, en la obra que de después del Quijote podemos considerar la más importante en lengua española, Poesía juglaresca y juglares, lo sentenció con claridad: los juglares y la escuela de Sahagún son «un eslabón indispensable en la formación y desarrollo del castellano o español». Ellos, ajenos a la cultura eclesiástica y a la lengua oficial latina, cultivaban las cantigas de amigo y los cantares de gesta, géneros extraños al mundo clerical pero familiares a los pueblos de estirpe germánica. Y sin embargo, la proscripción cultural continuó, aunque bajo formas más sutiles.

Detengámonos en otro capítulo importante: cuando Alfonso X el Sabio recopiló las Cantigas de Santa María. Sus miniaturas muestran a los juglares con sus instrumentos, pero, ¡ay!, mudos. Como recuerda Menéndez Pelayo, Alfonso condecoró a los trovadores, toleró a los juglares músicos de la corte y anatemizó a los juglares cazurros y bufonescos, aquellos que «viven con deshonor y vilipendio» y actúan «entre gente baja». ¡Ay, gente baja! Pueblo sufriente y llano que alimentaba la boca del juglar que sostenía con romances y gestas el espíritu de una comunidad cada vez más agobiada bajo el yugo de la cruz y la espada. La lección era clara: el juglar solo era aceptado cuando servía al poder. En cuanto hablaba con voz propia, volvía a convertirse en bufón.

En 1274, el provenzal Guiraut Riquer pidió al rey que ordenara aquella profesión cuya condición «no está definida». Ignoraba que precisamente en ese sindiós residía su fuerza. Mientras la corte pretendía reglamentar el oficio, los juglares seguían recorriendo los caminos, viviendo de aquello que nadie podía reglamentar: la improvisación, el caos, el ingenio y la libertad. Había vida en el destierro facundino. Pasamos de un plumazo la Edad Media y el Siglo de Oro para adentrarnos en la Edad Moderna, donde la expulsión, lejos de cesar, se viste con el ropaje de la razón y de la ilustración.

El golpe de gracia lo asestó el poeta ilustrado Juan Meléndez Valdés, fiscal de la Sala de Alcaldes de Corte, en 1798. Para él, aquellos pliegos de cordel que los ciegos-juglares vendían en las plazas eran «reliquias vergonzosas de nuestra antigua germanía» que envenenaban la razón desde la infancia. Pedía quemarlos «como indecente oprobio del gusto y la razón». Nuevamente se apela a doña Urraca y se expulsa a los juglares; nuevamente la censura destierra la voz de la tierra de los sin tierra. Meléndez Valdés es el heredero ilustrado del decreto de 1116: quiere expulsar a los juglares no ya de una villa, sino de la conciencia nacional. Pero el pueblo, juglares, siempre ha preferido la jácara del ciego a la oda del ilustrado.


Por eso los pliegos de cordel, lejos de desaparecer, siguieron vendiéndose en ferias y caminos. Meléndez Valdés, cegado por su fe en la razón, no supo ver que aquel papel despreciado era el humus del que brotaron Cervantes, el Romancero, los libros de caballerías y los sueños de generaciones enteras. Habrá que esperar a pensadores como Don Miguel de Unamuno para comprender el largo peregrinar de aquellos apátridas. En Paz en la guerra evocó los pliegos de cordel de su infancia, «el sedimento poético de los siglos», que seguía viviendo «de boca en oído y de oído en boca» por ministerio de los ciegos callejeros. Ocho siglos después, los repudiados de Sahagún seguían alimentando la imaginación de España. Y no solo de España: aquella tradición cruzó el océano y arraigó también en las plazas de América, donde la palabra oral volvió a encontrar un hogar entre los aborígenes y los criollos, mezclando mitos y sangres. Porque el juglar no reconoce fronteras; por eso pertenece a todos. Y ese mismo legado llega hasta nosotros.

Por qué hoy, en este 2026, la expulsión continúa. El juglar de la esquina, el poeta callejero, el narrador oral que improvisa una historia, ya no es desterrado por una reina ni por un fiscal, sino por el algoritmo que premia lo estandarizado, por la inteligencia artificial que genera cantos sin vida ni esperanza, y por una cultura del espectáculo que solo deja espacio para lo que puede venderse y etiquetarse. El cantautor de la plaza es ignorado por las plataformas digitales; el narrador oral es obligado a incluir en su repertorio los objetivos de la agenda 2030 si quiere ser contratado; el cuentacuentos tiene que ponerse nariz de payaso y llenar el escenario de cachivaches de plástico; el poeta es ridiculizado por unas redes sociales que premian la chocarrería de quince segundos. El juglar, en definitiva, vuelve a ser expulsado del ecosistema cultural como lo fue en 1116. Pero la lección que San Facundo nos enseña es que toda marginación es también una facundación. Cada vez que el juglar es eyectado, lleva consigo la autodeterminación de pensamiento, y allí donde cae su palabra germina de nuevo la libertad creadora.

Pero hoy, en este 2026, Sahagún se reencuentra con su destino. No por historiografía nostálgica, sino por la recuperación consciente del legado juglaresco. Porque hemos desterrado a quienes, sin saberlo, dieron voz a nuestra lengua. Sin ellos, nuestra alma estaría muda, la historia no tendría quien la cantara y la literatura habría perdido uno de sus más generosos veneros. Porque el juglar llega a todos y cada uno de nosotros y, con la varita mágica de la palabra y de la oralidad, ensancha el espíritu y amplía los márgenes del alma.

Por todo ello, desde esta plaza que fue cuna, proscripción y memoria, convoco a los juglares todos. Venid, amigos, venid a la pequeña Toledo de las tres culturas. Venid a la villa de San Facundo. Traed vuestras cítaras y vuestros albogues, vuestros pliegos de cordel, vuestras marionetas, vuestros romances de ciego y vuestras nuevas trovas. Traed a Carlomagno y a los Doce Pares, a Roldán que quiso quebrar a Durandarte, a Bernardo del Carpio, al Cid, a los Siete Infantes de Lara y a la campana de Huesca. Traed a Gonzalo de Berceo, juglar de la Virgen; al Arcipreste de Hita, clérigo ajuglarado; a Tarsiana, la juglaresa del Libro de Apolonio; y a aquel Cardillo de Albelda, primer juglar de nuestra historia. Y ahora, que se atrevan a desterraros, que os roben lo que es vuestro, que os traten de leprosos, que os arrojen sin vida a una cuneta. No habrá reina que se atreva a sacaros de la tierra, ni fiscal que os odie con decreto.

Aquella hedionda zanja de 1116 está llena de flores y de palabras, de versos y poesía, de cuentos y de leyendas, de historia y de acordes. San Facundo no llevaba nada y lo llevaba todo, y la voz no se puede expulsar porque la voz es viento, y el viento no tiene puertas que lo detengan. Juglares: aquella expulsión no fue una derrota; fue una estrategia de supervivencia. A los juglares se les puede expatriar una y mil veces, pero nunca, nunca se les puede matar. La voz no tiene patria; por eso es de todos. No tiene dueño; por eso es libre. No tiene archivo; por eso es memoria. Y hoy Sahagún, villa de San Facundo, es el omphalos de ese universo de la palabra dicha: la patria de los sin-patria, la casa de quienes nunca dejaron de caminar, la lengua de todos los desterrados. ¡Pregonado queda, y bien pregonado, para los siglos de los siglos, amén, amén, y amén.

Crispín D'Olot. 07.2016

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